El día que la Fundación rechazó 440 millones por el Valencia

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Corría el mes de septiembre de 2013 cuando Bankia y la Fundación VCF tuvieron conocimiento de la solución soñada por el valencianismo. Curiosamente, ambas instituciones no reaccionaron de la misma manera. Cuando un alto ejecutivo de Bankia se reunió con representantes de inversores de Abu Dabi, la respuesta fue tan lógica como elegante: “Por nuestra parte, adelante”. No era para menos, ya que la declaración de intenciones era inmejorable e idílica: 80 millones para comprar las acciones, cancelación de la deuda con Bankia e inversión de 120 millones para acabar el Nuevo Mestalla. Eso sí, el directivo del mayor acreedor del Valencia trasladó la decisión a otras instancias: “por respeto a la sociedad valenciana y a su gobierno, Bankia no forzará una venta”.  Todo un detalle por parte de quien tiene la sartén por el mango (exigir el cumplimiento del aval o convertirse en accionista mayoritario del club) y al que tantas veces se ha pintado como el malo de la película.

A los pocos días, se produce la segunda reunión. Esta vez, el fondo de inversión elige a un despacho de abogados de la calle Colón para reunirse con la Fundación del Valencia, y más concretamente con su número dos, Antonio Paños. El mensaje fue muy claro: la Fundación se siente fuerte, no quiere vender el Valencia y sólo busca inversores para finalizar las obras del estadio y refinanciar la deuda. Si la afirmación puede llegar a ser sorprendente, la argumentación es casi delirante. Quizás por las altas temperaturas de septiembre y la fiebre de imaginación (o asistencia) financiera de la Fundación y del Valencia. Sea cual sea el motivo, en dicha reunión se sucedieron afirmaciones rocambolescas. La más llamativa fue que la afición valencianista no quiere que su equipo se convierta en un nuevo PSG o Mónaco. ¿De verdad cree eso? ¿Qué es más inmoral, que Iniesta cobre 6 millones netos o que Piatti cobre 1,4?

Tras ese razonamiento poco entendible llegó un argumento tan explícito como inaceptable: “Hemos perdido un banco y dos cajas. Si vendemos el Valencia, ¿qué nos quedará?”. Puede que nos queden en el recuerdo el bingo que cantó Paco Roig o la partida de Monopoly perdida por Juan Soler. También el Truc de Vicente Soriano, el Mentiroso (otro juego de cartas) de Manolo Llorente o el más moderno Póker de Amadeo Salvo y demás compañeros de juego. Con diferentes estilos, todos apostaron mucho teniendo malas cartas. Unos se fueron de rositas, otros con sueldos e indemnizaciones “escandalosamente escandalosas”. Ahora que nadie se cree los castillos en el aire de los actuales directivos, ni tampoco que el futuro Mestalla pueda ser uno de los mejores estadios de Europa sin tener todo el graderío cubierto, la Generalitat, el Ayuntamiento y Bankia están condenados a entenderse: fundición de la Fundación y Gloval “reset” a la directiva. ¿A cuántos posibles compradores se espantó? ¿Volvería el inversor de septiembre? Podría ser, pero posiblemente con una oferta a la baja. Las cartas ya están al descubierto, y el Valencia ya no se vende por elección, sino por obligación. La vanidad, el aferramiento a sillas y el afán por colgarse medallas han dejado pasar muchos trenes. Ahora se trata de que no desaparezca la estación.

Texto: Román Bellver (twitter:@Romanbellver)