YELSY HEREDIA: El son de Guantánamo y el flamenco

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Yelsy Heredia nació en Cuba, pero su contrabajo se fusiona desde hace años con  Diego El Cigala, Salif Keita, Café Quijano o el inolvidable Bebo Valdés, entre muchos otros. Su segundo álbum, Recovecos, fue grabado en directo en el Teatro Quintero de Sevilla con la colaboración de artistas flamencos como Alba Molina o Dorantes.

¿Cómo se inició a la música?
Yo era el que animaba las fiestas desde pequeño, me decían el bailarín. Los cubanos tenemos la música en la sangre. Cuando tenía siete años, mi padre llegó sudando en bicicleta para decirme que estaban haciendo las pruebas de acceso a la Escuela Vocacional de Arte de Guantánamo. Ahí empezó todo, con siete años.

¿Por qué eligió el contrabajo?
Empecé tocando piano pero quería presumir de músico. Quería que se viera más que era músico (risas). Con ocho años, mi profesor de contrabajo me veía muy inquieto. Allí nos regimos por la metodología rusa, muy estricta, y mis extremidades valían mucho para contrabajo… Piqué al anzuelo y el profesor me preparó un concierto ese mismo año en la escuela. Era el reclamo y me enganché.

El contrabajo es el instrumento más grave de cuerda frotada: ¿Fue difícil darle protagonismo?
Efectivamente, el contrabajo tiene una sonoridad en principio muy rural, pero no es un instrumento definitivo. Está evolucionando y abierto. Pese a no ser un instrumento de flamenco, se ha convertido en casi imprescindible gracias a colaboraciones como Tomatito, Chano Domínguez, Diego El Cigala, Estrella Morente o Carmen Linares. Todas esas colaboraciones me crearon la necesidad imperiosa de buscar qué se quedó de Cuba en el flamenco. Investigando, le dí la sonoridad a este disco, con el contrabajo como protagonista pero haciéndolo más cercano.

¿Por qué su último álbum se llama Recovecos?
Son los caminos que inicie en búsqueda de emparentar el flamenco con Cuba. Voy a meterme por aquí, por acá, y recoveco es ese rinconcito de Lebrija con Ricardo Moreno y los demás músicos, con esa fiesta…

Hay gente muy purista en el flamenco que no quiere mezclarlo con otras tendencias. ¿Le tocó convencer a gente?
Todo vino de forma muy natural. Me ayudó mucho el hecho de colaborar con Alba Molina, pues somos de la misma generación, y ella, pese a venir de una familia muy flamenca, es más urbana. Me propuso colaborar en su disco y me trajo a su guitarrista habitual, que es de Lebrija, y ahí es donde empieza la historia. Ella puso la miel al presentarme a Ricardo Moreno. Lo escuchaba tocando y pensé “concho, este guitarrista tiene un tumbao, esa cadencia que tiene es muy parecida al son de Guantánamo”. Me dijo que era de Lebrija e investigando ví que esa bulería, ese meceo, eran una peculiaridad de Lebrija. Al tratarse de músicos jóvenes, como el pianista Dorantes, me dieron libertad, porque también poseen esa sed de investigar. Una vez cociné todo esto, Diego El Cigala puso su granito de arena y me ayudó a que ese concierto se grabara en directo en el Teatro Quintero.

De hecho era inconcebible que el disco no fuera en directo, ¿verdad?
Así es. No es lo mismo ir a un estudio y que una sola persona te grabe siete palmas. Necesitaba ese calor del público y de Andalucía, que me ha dado mucho, tanto a nivel de amistades como de musicalidad. Quería tener la interacción con el público para ver como recibía mi proyecto, era una prueba de fuego muy fuerte. La reacción fue extraordinaria.

“En Cuba, la música es lo que más se valora, junto con el deporte y la medicina”

¿Le animaron a hacer su primer disco o fue una iniciativa totalmente personal?
Siempre contamos con padrinos. En el primer disco ya estaba Diego El Cigala. Él dijo “Quiero que los músicos a los que admiro hagan un disco”, todo un elogio. Y así fue con Jerry González, Diego del Morao y yo. Me dijo que me sintiera libre, que viajara, que le entregara el máster y que él sólo se metería en el estudio si necesitaba su colaboración. Y así fue, colaboró en mi primer disco de jazz. Me gusta ser coherente con lo que estoy viviendo, y en esa época colaboraba con muchos jazzistas, como Donna Hightower, por lo que quise materializar esa sonoridad.

Diego siempre presumía de que sus músicos son autodidactas y que no leen partituras: ¿Es su caso?
Yo soy una de las excepciones, pues soy profesor de contrabajo. En el álbum Cigala Tango estuve con el maestro Marconi y hacía un poco de “intérprete” entre las partituras y las sonoridades (risas). En Cuba, a diferencia de España, la música es lo que más se valora, junto con el deporte y la medicina. Son los tres baluartes. Es el presumir de Cuba. Tengo amigos neurocirujanos que tienen ocho años de piano, pero que no pasaron la prueba de acceso definitiva. Me sorprendió al llegar a España que músicos no leyeran partituras, pero cuidado, no se les cuela ningún gol porque sienten muchísimo la música. La música rural es un legado oral, por eso las noches flamencas se prolongan hasta la noche siguiente, porque hay una comunión, se van pasando ese legado. Como en Cuba, con la botella de rón para estar a gusto y pasarse información. Por eso muchos de los grandes artífices de nuevos ritmos autóctonos en Cuba también eran de formación empírica y autodidacta.

Su primer disco se llamaba Guantánamo Changüi: ¿A qué edad llegó a España?
Tenía 18 años. Me embarré para aprender lo que es la vida, y esas vivencias contribuyeron a llegar hasta este disco. Cuando vuelvo a Cuba, estoy siempre tomando guarapo y pru Oriental, es el sabor palpable de Guantánamo. Directamente voy a la Casa de Changüi, en Guantánamo, y de Tumba Francesa. Es un movimientos que mantiene el legado haitiano-francés presente en Guantánamo. Uno de los temas de mi primer disco se llama Ofrendas, es movimiento binario de tumba francesa.

Una de sus canciones es Orgullo Guantanamero, cuéntanos en qué consiste?
Presumimos del changüi. No es que guardemos celosamente esos ritmos allí, sino que ese guajiro no tiene la tendencia de darse bombo y de salir afuera. Todo se exporta desde la Habana, la capital. Es como Utrera: tienes que irte allí para percibir sus sonoridades, porque se prodigan poco. Igual que Lebrija. Incluso mucha gente no se atreve a tocar esos ritmos porque saben que les falta esos códigos… Y para tenerlos hay que pasar el calor guantanamero de 40 grados, con el aguardiente de caña, y meterse una noche de esas de changüi. Ese es nuestro orgullo. Changüi para todo.

No hay límites para fusionar…
Exacto. Los pasos que doy en la vida son armonía y sonoridades que van cambiando. Por ejemplo, ahora estoy colaborando en un proyecto con músicos israelíes. Esos encuentros fortuitos se te van metiendo en sangre, y siempre tengo la necesidad de la composición. Lo más importante es que quien venga a escuchar mi música venga a ver a mi verdadero yo, no busco la empatía forzada.

Incluso colaboró con Café Quijano…
Soy como su amuleto. Ellos dicen, como se dice en Cuba, que soy su negrito de la “vrigen”, como lo pronuncian los haitianos. Colaboré en el teme “La Lola” del disco “La extraordinaria paradoja del sonido quijano”. Hice una gira de dos años con ellos. Tenía la necesidad de experimentar otros campos musicales, pero la amistad sigue ahí. Incluso le enseñé a tocar el bajo a Oscar, uno de los hermanos. Cuando decidieron reunirse de nuevo, me junté con ellos porque querían emular esa primera sonoridad. Nos queremos con locura, pero esta vez no podía hacer gira.

¿Como empezó todo en Madrid?
Al principio del 2000 ya se vivía un movimiento entre músicos cubanos y flamencos, se estaba creando una nueva sonoridad. Madrid era un sitio de encuentro entre gente como Paquete, La Barbería del Sur, Piraña… Ellos me tenían como fichado, y una vez salió Lágrimas Negras, Diego El Cigala dejó claro que quería defender ese proyecto en giras. Fue un boom porque la respuesta del público fue excelente. Diego me propuso pegarme a su gira de diez conciertos en Francia. Me dijo “pégate, dale soniquete”. Dar soniquete significa darle tumbao, sabrosura. En homenaje a ese momento puse de título a una canción de mi álbum “Soniquete pa ti”.

¿Cuál es la definición de un buen público?
Cuando decimos, entre nosotros, que el público está desafinado, es que está soso. El buen público respira contigo, te dice el olé a tiempo. A los músicos nos gusta el bullicio, no somos tan correctos. Con que el público vaya a tu concierto conociendo y abierto a lo que le vayas a ofertar, es válido. Que vengan a escucharte, que no seas un producto que están vendiendo y no sepan que hacen ahí.

¿Cómo ve a Cuba desde fuera?
Se saben las vicisitudes del país, pero nosotros hacemos de lo más difícil lo más bello. Mis padres sólo vienen a España de visita unos tres meses al año, no quieren dejar a su Cuba. Por algo será. Aquí tengo a mi esposa y mi niña. Todos los cubanos están muy arraigados a nuestra tierra, y siempre con la sonrisa en la cara, por mucho infortunio que haya.

¿Eso no impide los cambios?
No creo, eso se nos escapa. Nuestro objetivo es que se hable siempre de la parte linda de Guantánamo, que es su música. A mí me entristece más que se conozca a Guantánamo por otras cosas… ¡Hace poco alguien se sorprendía de que yo fuera de Guantánamo y hablara español! Como si tuviera que ser americano…

¿Le gusta el deporte?
A mí me gustaba mucho hacer atletismo, porque en Cuba las calles son muy cuadriculadas y siempre hacíamos competencias de cien metros. Hace poco, coincidí con Javier Sotomayor en el aeropuerto y me sorprendió que nadie lo reconociera. Me hice una foto con él y descubrí cosas: yo pensaba que le pagaban anualmente por su récord mientras estuviera imbatido, y resulta que sólo te pagan una vez (risas). Fíjate que su marca de 2,45 sigue sin superarse…

“Hemos sacrificado algunas pruebas de sonido para ver partidos de fútbol”

¿Sigue el fútbol?
Cuando me casé, mi esposa estaba contentísima de que no me gustara el fútbol (risas). Pero ya me fui “nacionalizando”, con tanta gira rodeado de tantos españoles amantes de fútbol… Sacrificábamos pruebas de sonido, como por ejemplo para ver un Real Madrid-Barcelona en Ecuador. Me hice del Real Madrid, pero sigo sin ir al estadio, porque tengo ese recuerdo de cuando estaba en Cuba y no me enteraba de nada en un estadio cuando iba a ver baloncesto. Prefiero verlo en casa, con las repeticiones y los comentarios.

En Cuba se es más de béisbol…
Antes lo seguía por Cubavisión, pero aquí no hay demanda. Me emociono mucho cuando llamo a Cuba y mi padre me dice “ahora estoy viendo la semifinal de los play offs”

¿Qué opina del adiós de Mourinho?
Lo forzó el mismo, al principio me resultaba gracioso porque soy del Madrid, aunque cuando no es de tu equipo es lógico que no te caiga bien, ya que hace cosas “pa matarlo” como dicen los flamencos (risas). En sus últimos meses parecía que daba todos los pasos con el pie izquierdo. Cuando tocó a Casillas, le quité mi voto. Eso sí, me gustó en su presentación con el Chelsea, cuando alguien le preguntó si había salido del Madrid por la puerta de atrás, y él contestó “¿Cómo que por la puerta de atrás? Si soy el único que le ha parado los pies al Barcelona?”. Ahí pensé, “vuelve mi Mourinho” (risas).

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Texto: Román Bellver
Fotos: Yelsy Heredia